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Febrero de 2021
«Vivir en tiempos de confinamiento», una iniciativa puesta en marcha por el Mucem en la primavera de 2020, ha reunido más de 600 testimonios sobre esta experiencia, a la vez íntima y colectiva. A través de actividades poéticas y enigmáticas, destacamos algunos objetos que simbolizan esta epidemia.
El Mucem ha invitado al artista Antoine d’Agata a ofrecer una visión personal de la colección con las 13 000 fotografías que el artista tomó durante ese mismo periodo, en la exposición «Psychodémie», que se puede visitar hasta el 25 de marzo de 2022 en el CCR de la Belle de Mai.
El folleto digital y la exposición forman parte del proyecto europeo TAKING CARE Project, cuyo objetivo es analizar el papel y las formas de compromiso de los museos ante las crisis sociales y medioambientales, considerando estas instituciones como «espacios de cuidado». El proyecto Taking Care está cofinanciado por el programa Creative Europe de la Unión Europea.
Fotografía: Pierre Girardin
Diseño de sonido: Jeff Aron

Objets poétiques | Vivre au temps du confinement

Este cuello de seda de segunda mano, con su tejido delicado, su forma y sus motivos anticuados, es, sin embargo, el símbolo de una nueva modernidad totalmente trivial, que la pandemia ha acelerado considerablemente: el teletrabajo. La donante nos cuenta que se ha convertido en el accesorio que la acompaña cada día. Se lo ponía antes de cada videoconferencia, pasando en un abrir y cerrar de ojos de su mundo privado al profesional: «Es el detalle más sencillo de un cambio de moda o de mundo», nos dice.
«Cuellos azules» para los trabajadores de las naves de producción, «cuellos blancos» en la administración: la vestimenta de trabajo está regulada para cumplir normas de comodidad o seguridad, por ejemplo, o para ajustarse a códigos sociales más difusos pero igual de normativos, como el traje y la corbata de los directivos. Designar así, por metonimia, a las personas mediante un atributo de vestimenta que las vincula a una categoría socioprofesional según el sector económico de producción en el que trabajan demuestra hasta qué punto están arraigadas estas normas. Aunque el hábito no hace al monje, sí que define al trabajador y marca el ritmo de su actividad. Cambiamos el mono de trabajo por la ropa de domingo, o la camisa blanca cuidadosamente planchada por el chándal del fin de semana.
Pero el código de vestimenta profesional se ha visto bastante alterado por las videoconferencias y por el encuadre de la pantalla del ordenador: puedes ir en zapatillas a una reunión o convertir la cocina en tu oficina. El espacio profesional y el espacio íntimo, la actividad y el ocio, la imagen social y la vida privada se están desdibujando, se confunden y se mezclan. ¡Para bien y para mal, y no solo en cuanto al estilo a la hora de vestir!
Llevar este cuello postizo es, por tanto, restablecer esa separación: un pequeño ritual diario que marca una pausa en el transcurso de las actividades del día, que distingue nuestras formas de comportarnos y de cuidar nuestra apariencia en diferentes contextos sociales. La norma está aceptada y te da tranquilidad. El cuello Claudine, una auténtica «prenda modelo» que debe su nombre a la protagonista de la novela de Colette, es para niños obedientes… pero no demasiado. ¡Así, el cuello falso se da un aire de falsa sensatez! Las cartas náuticas que sugiere el estampado de la tela, con sus líneas discontinuas y sus colores pastel y desvaídos, invitan a explorar a tu aire un mundo antiguo o perdido, a una suave escapada fuera de los marcos: ¡de la pantalla, del trabajo y de la rutina del confinamiento!

La primavera de 2020 puso de moda algo nuevo: el diario del confinamiento. Las celebridades que se suben al escenario de los medios o de las redes sociales para probar este nuevo estilo se topan con reacciones irónicas o incluso de abierta hostilidad: se critica el enfoque recargado y autocomplaciente de una realidad sombría y trágica para muchos. Sin embargo, la polémica no desanima, sino todo lo contrario. El confinamiento da lugar espontáneamente a una avalancha de escritos personales. La vida del día a día se plasma en páginas escritas a mano o a máquina, en álbumes de fotos, en cómics, en montajes de vídeo, en canciones, en cuadros colgados en las paredes de tu piso o en tu cuenta de Facebook.

Así que, en lugar de un traje de alta costura, aquí tienes un «junk journal»: así es como la donante llama a este álbum, hecho íntegramente con material reciclado que encontró en su casa. Costuras a la vista, parches de retales desiguales, pegado con cinta adhesiva o pegamento, plastificado a lo loco… ¡Viva el estilo trash! «Este junk journal —nos cuenta— me ha permitido canalizar mis dudas sobre el confinamiento, la rabia y demás, pero sobre todo reflexionar sobre la situación y mis intenciones para vivir el después. » Para dar así sentido a esta experiencia, a la vez íntima y generalizada, se entremezclan retazos de la vida privada (mensajes personales, listas de la compra) y fragmentos de escritos públicos de diversa índole (recortes de prensa, fotografías de revistas, extractos de manuales de jardinería, cartas recibidas…). En el fondo, este enfoque retoma los orígenes del diario íntimo, que a menudo se concibe como un ejercicio de introspección para entrenar la mente en el análisis crítico de uno mismo y del mundo. Pero aquí, la reflexión se convierte en una válvula de escape: ¡la expresión personal se percibe más bien en la colisión de fragmentos de una realidad caótica y remendada!
«El diario es, ante todo, una forma de vivir y una forma de escribir», nos dice Philippe Lejeune, especialista en géneros autobiográficos. En este caso, es una forma de escribir sobre tu vida interior porque te ves obligado a llevar una vida… en casa. A medio camino entre el diario de un viaje sin moverse del sitio, el cuaderno de navegación de un viaje a ciegas por los remolinos de una vida cotidiana trastornada y el cuaderno de campo de un etnólogo que se estudia a sí mismo, los diarios del confinamiento renuevan el género con una inventiva y un vigor extraordinarios, para tejer, a varias voces, la autobiografía inédita de una época que pasa a toda velocidad.

Una correa y un collar. Estos son dos objetos que simbolizan, más que ningún otro, la relación de dominación que supone la domesticación de los animales. Sin embargo, uno de nuestros donantes, un enfermero de primera línea, quería compartir este objeto que «une al ser vivo con el que [ha] estado confinado y al que [agradece] de todo corazón: [su] perro». La dominación se convirtió en una súplica de libertad, ya que era un privilegio que te permitía, de forma legal, disfrutar de una libertad temporal de movimiento. Nunca antes la «compañía», que suele atribuirse a los animales domésticos, se había sentido tan presente y tan invertida.
La presencia de los animales ha ahuyentado la soledad cuando, precisamente, se echaba mucho de menos la «compañía». Aunque muchos donantes han mencionado la beneficiosa presencia de mascotas comunes como los perros y los gatos, hay otras que resultan más sorprendentes: algunos testimonios hablan de la observación minuciosa de las aves migratorias que dan vida al espacio exterior, inmóvil y desierto; otros cuentan con cariño a los seres vivos que pueblan el espacio doméstico cerrado y a los que normalmente se considera una plaga: mosquitos, polillas, insectos varios… De tal manera que la oposición habitual entre lo salvaje y lo doméstico se ha visto un poco trastocada.
Por otra parte, y aunque parezca paradójico, ¡era precisamente el hecho de que el animal fuera una mascota lo que te permitía salir de tu espacio doméstico! Sacar a pasear a tu mascota ocupaba el quinto puesto entre los motivos excepcionales para salir de casa, lo que demuestra su importancia en términos numéricos y la discreta incorporación de esta relación singular entre el ser humano y los animales al ámbito legislativo y político. Así, podías moverte legalmente gracias a tu perro y, a veces, incluso permitirte alguna que otra trampa… Tanto es así que se han visto circular por Internet vídeos de perros falsos, cuyos artilugios demostraban, una vez más, una creatividad increíble. Incluso se ha visto, en algunos edificios, a gente que ofrecía sus servicios para sacar a los perros de los vecinos y, hay que reconocerlo, ¡para salir ellos mismos!

Isabelle tiene 70 años, vive a 80 km de París y le encantan las artes escénicas, sobre todo la danza y el nuevo circo. «Es el privilegio de una jubilación holgada», nos cuenta; va a más de cincuenta espectáculos al año y dedica su presupuesto de ocio a estas escapadas artísticas a París. Ha dejado las entradas de los espectáculos sobre una mesa, como si fueran preparativos de viajes cancelados, porque para ella el teatro es «irse de vacaciones».
Arsène tiene 11 años. Se ha construido una mesa de ping-pong, un futbolín y… un museo. Es «un museo en miniatura que se puede visitar. Tiene dos plantas y todo está hecho de cartón recortado, pegado y pintado». Después del cine en casa, ahora llega el museo en casa. Las salas de exposición y las obras expuestas están reproducidas con una minuciosidad conmovedora y, según explica Arsène, ¡incluso hay una versión de «La gran ola» de Hokusai!

Isabelle ya no puede salir de casa para ir al teatro, así que Arsène se lleva el museo a su casa. El confinamiento supone salidas limitadas al espacio público y actividades cotidianas restringidas. También supone una pausa en la relación entre el arte y la sociedad, entre los artistas y el público, entre las instituciones y los usuarios. Porque lo que nos muestran estos dos testimonios es la paradoja de toda actividad cultural: es una experiencia única, pero compartida; es un momento suspendido de introspección compartida en el mismo tiempo y en el mismo espacio. ¡«Alone Together», como decía Chet Baker! Lo que nos enseñan estos testimonios es que, más allá de la decepción personal de ver cómo se trastocan tus hábitos, el hecho de que esta medida se aplique a todo el mundo a veces te hace pensar más allá de ti mismo. Para Isabelle, «el confinamiento es, pues, una cartera llena de entradas sin usar, por las que no voy a pedir que me devuelvan el dinero para contribuir modestamente a la supervivencia de los distintos artistas a los que me disponía a ver». Y para Arsène, el museo es, ante todo, una forma de imaginar a los visitantes, pequeños o mayores, que vendrán a su museo.
Por nuestra parte, esperamos poder volver a ver a nuestro público y estamos deseando volver a veros.

A veces, la importancia de un objeto no se mide por su nobleza. Aquí, el humor contrarresta la trivialidad del espacio más íntimo de la casa.
Transformar nuestro espacio cotidiano para adaptarlo a los nuevos estilos de vida que nos ha impuesto el confinamiento no se limita a los cambios funcionales o decorativos. Muchos de los participantes en la recogida nos han enviado propuestas divertidas de personajes efímeros, inventados para dar vida a nuestro universo doméstico, incluso en los detalles más aburridos de nuestra vida cotidiana, como por ejemplo composiciones hechas con pelos de barba caídos en el fondo del fregadero o una Mona Lisa enmascarada pintada en papel higiénico… Estas escenas le dan un giro inesperado al transcurso de los días, y convierten nuestro espacio confinado en un espacio museístico, al estilo de los «cuadros» que, como en el teatro y la ópera, hacen las veces de interludio para salpicar la trama banal o repetitiva de lo cotidiano de nuestras vidas.
Esta obra, titulada «La búsqueda imaginaria de los huevos», muestra unos chocolates de Pascua con brillantes detalles dorados colocados majestuosamente sobre rollos de papel higiénico a modo de pedestal. Si bien los primeros suelen ser objeto de una «caza» en esta época de Pascua, los segundos, en principio, mucho menos… ¡y sin embargo! Recordemos la primavera pasada, con esas escenas de saqueo, las imágenes de la tele que mostraban las estanterías vacías de los supermercados o se detenían en los carritos desbordados de ese papel que, de repente, se había vuelto tan codiciado, tan preciado, junto a la harina y la pasta. Recordemos los llamamientos a la moderación, un tanto grotescos, dirigidos a los consumidores demasiado previsores: como dudábamos, había que ser razonable y no coger demasiado, pero aun así cogíamos un poco más… por si acaso…
El humor se burla así de lo que, sin embargo, es un signo o un síntoma recurrente de crisis: el reflejo de comprar, impulsado por una obsesión mucho más siniestra, la del miedo a quedarse sin nada, es un auténtico indicador de nuestra psicología colectiva y de la percepción que cada uno tiene de una amenaza. Un temor a la escasez que podría parecer simplemente ridículo, pero que, por desgracia, también refleja las desigualdades sociales, ya que en los hogares más precarios, el abastecimiento de productos de primera necesidad, y sobre todo de productos de higiene, resultaba a veces muy difícil. El humor llamativo y el mal gusto asumidos denuncian con bonhomía los excesos —a veces divertidos, a veces sombríos— del consumo de masas, siguiendo los principios subversivos del kitsch. ¡Lo justo para ahuyentar… la melancolía!

Este calendario se llevó durante el confinamiento de la primavera de 2020. Cada casilla encierra en su estrecho marco las actividades familiares realizadas a lo largo del día. El trazado de las pequeñas casillas se convierte en una metáfora del propio confinamiento, cuya etimología remite a la finitud, a los límites impuestos: es la experiencia de un tiempo cotidiano encerrado en un espacio reducido. Tachadas con cuidado cada día que pasa, casi como si fuera un grafiti carcelario o un diario de enfermedad, las casillas sucesivas miden cómo pasa el tiempo. Tuvimos que ir añadiendo más con cinta adhesiva cada vez que anunciaban una prórroga del confinamiento. Sin embargo, un día más es también un día menos: cada cruz de color, trazada de forma ingenua y alegre, nos acerca al final y, como nos dice su autora, «¡nos servirá de buen recuerdo cuando todo esto haya terminado! ». Colgado delante de la nevera, como una lista de la compra, este calendario es todo lo contrario: no se trata de anotar lo que hay que hacer, sino lo que ya has hecho. Es una forma de dejar atrás, en el pasado, el periodo que estás viviendo, y de convertir en memorables los acontecimientos cotidianos.
Vivir en tiempos de confinamiento significa, por tanto, también medirlo, organizarlo, dividirlo en secuencias y llenarlo cuando los puntos de referencia habituales tienden a desvanecerse y el tiempo se dilata, se alarga. Trabajar y dormir, pero sin metro, el ritmo del día pierde su regularidad de metrónomo. Estamos atrapados en percepciones contradictorias del tiempo: el ritmo de la epidemia marcado por sus curvas; el tiempo de la emergencia sanitaria, cuyo desenlace esperado se presenta como un horizonte siempre pospuesto, al igual que las casillas vacías de este calendario; el tiempo de una aceleración inmóvil en la que la comunicación a distancia nos da una sensación a la vez de ubicuidad y de estancamiento. Los rituales cotidianos que inventamos para conjurar estas paradojas adoptan múltiples formas. Así, la recopilación ha permitido reunir un sinfín de variantes personalizadas de estos calendarios que marcan nuestro día a día. Diarios escritos, dibujados, filmados e incluso bordados; calendarios, agendas, listas y cuadros de actividades presentados en forma de carteles, collages o patchworks, casilleros de madera, series pictóricas o muebles decorativos… El diario íntimo o colectivo se ha convertido en un auténtico género durante el confinamiento, a caballo entre la agenda y la autobiografía. La diversidad y la originalidad de estas creaciones son una bonita fuente de inspiración para otro calendario de actualidad en este comienzo de diciembre: ¡el del Adviento!

Esta foto muestra una obra que hice durante el confinamiento de la pasada primavera, para un colectivo artístico que se puso en marcha en una red social, «El diario de un pangolín (en tiempos del coronavirus)», que reunió un montón de creaciones inspiradas en este pequeño pangolín: la pandemia le dio entonces a este animal una triste y repentina fama, ya que durante un tiempo se planteó la hipótesis de que podría ser el huésped intermediario en la transmisión del virus a los humanos.
La autora de esta obra, estudiante de artes plásticas, también trabaja como enfermera a domicilio. Les pidió a sus seres queridos y a sus pacientes que le dejaran la huella de su apretón de manos. Estas huellas se parecen a las preciosas escamas de un pangolín guardadas en pequeñas bolsitas. De la profesión de enfermera a la de artista, del gesto de cuidar al de crear, se puede leer tanto un recorrido vital como una experiencia compartida: la del contacto físico que ahora se ha visto impedido.
El hombre es un animal dotado de lenguaje, nos dice Aristóteles, pero la lingüística, la antropología, la filosofía o incluso la medicina también nos han enseñado lo mucho que acompañamos la palabra con gestos. La pandemia nos ha recordado de forma cruel la importancia de esta comunicación no verbal. Ya sea una simple convención social o un gesto íntimo de afecto, el apretón de manos y sus variantes —abrazos, besos en la mejilla…— están ahora prohibidos, en favor de los gestos de «protección» para prevenir el contagio. Las reverencias, inclinar la cabeza, las manos en el pecho o juntas en señal de oración, los choques de codos o de pies están dando lugar a nuevos saludos que traspasan las barreras culturales, geográficas o generacionales.
En esta obra se intuye la ambivalencia de nuestros gestos, que pueden transmitir respeto, cariño y ternura o, por el contrario, amenazas, peligro o retraimiento. La bondad del gesto de cuidado que supone coger las manos hace que la fotografía de Isaac Lauwrence en la que se inspira resulte, de hecho, mucho más siniestra: porque las escamas guardadas en las bolsas son, en realidad, las de una incautación aduanera récord de 2018. De hecho, el pangolín es el animal más cazado furtivamente del mundo por las supuestas propiedades terapéuticas que se le atribuyen. Una forma de sugerir así hasta qué punto los cambios impuestos al mundo animal y a los ecosistemas (el tráfico ilícito, pero también la cría industrial, la deforestación y la pérdida de hábitat natural, el aumento del tráfico, etc.), en nombre de lo que asociamos con nuestra comodidad, aumentan sin embargo el riesgo de que se transmitan enfermedades de los animales a las personas, lo que está detrás de muchas epidemias.

Aquí tienes el plano de una ciudad cuyo nombre no se especifica. Tampoco se indica la escala del mapa, pero la adivinamos a primera vista porque nos recuerda una experiencia que todos hemos vivido: el círculo representa el radio de un kilómetro alrededor de tu casa, el límite permitido para las salidas diarias. Trazado con un compás, nos recuerda nuestros lejanos ejercicios de geometría de la escuela. Extendido sobre la mesa, visto desde arriba, el plano del barrio también refleja un espacio mental y las dudas que todos hemos tenido: ¿se calcula el perímetro «en línea recta», según una expresión que evoca una libertad envidiable, o en función de un recorrido por el suelo que permite multiplicar, como por arte de magia, las distancias? Los recovecos del trazado urbano, los nombres de las calles y los elementos del espacio público marcan las perspectivas y ofrecen puntos de interés inéditos en ese espacio tan familiar de nuestro entorno más cercano.
Por primera vez, todo el planeta se ha visto afectado por una epidemia. La comunidad humana se ha visto unida de una forma inesperada ante la propagación del virus, y la escala es mundial. A nivel nacional, todo el país se ha visto confinado. Aunque nuestras situaciones personales no sean todas iguales, todos tenemos restringidos nuestros desplazamientos. Todos compartimos esto. Pero, paradójicamente, lo que marca este momento, lo que recordamos, no son esas escalas nacionales ni mundiales. Es más bien el día a día del espacio que vivimos. Cada uno tiene su ámbito, sus paseos, sus desplazamientos y también sus trucos para sortear las restricciones.
¿Significa eso que la proliferación de estas relaciones individuales con el espacio ha hecho desaparecer toda comunidad significativa entre nosotros? ¡No necesariamente! Lo que hemos compartido es la interiorización de ese límite, el descubrimiento de lo inexplorado y, sin embargo, cercano; es otra forma de relacionarnos con el barrio, con los vecinos y con el espacio público: caminar, dar rodeos, hacer pausas se convierten en el ejercicio concreto y físico de nuestras formas de lidiar, individual o colectivamente, con las normas de emergencia.

En esta foto se ve un juego de backgammon pirograbado en una tabla de cortar. Las vacilaciones del grabador dan cuenta del esmero con el que lo hizo. Las fichas, sacadas de su bolsita, son tapones de corcho y tapas de latas de cristal. De los placeres de la comida a los del backgammon, la bandeja de queso se ha convertido en tablero de juego: la soledad del confinamiento se divierte mezclando las formas de socializar.
El Mucem ha recibido varios ejemplos de creaciones que han permitido aprovechar el tiempo libre para practicar nuevas habilidades. La actividad de fabricar un objeto cobra ahora un significado totalmente diferente. En este caso, el artesano autodidacta es ingeniero y ha jugado mucho a este juego en línea; incluso ha desarrollado una aplicación virtual. Justo cuando el confinamiento nos tiene más pegados que nunca a las pantallas, él ha dejado aquí el mundo virtual para crear con mucho esmero, usando un soldador a modo de pirograbador, este tablero de juego. La creación del backgammon es el resultado de una serie de adaptaciones y reconversiones: del soporte (la tabla), de la herramienta (el soldador), de lo virtual a la materialidad de la madera, de la actividad profesional a la actividad de ocio. Porque, como nos cuenta su creador, «he descubierto que es muy importante saber disfrutar del aburrimiento (…) para mí es una representación positiva de este extraño periodo». El bricolaje reinventa los objetos y sus funciones con una libertad e ingenio que dan pie a nuevas formas de compartir.
Así que este entretenimiento es, en el sentido más amplio de la palabra, una forma de cultura. Porque la acción de «desviar» es precisamente el significado original de la palabra «entretenimiento», que significa, en primer lugar, desviar un legado y, luego, por extensión, distraer a alguien de sus preocupaciones, por ejemplo, dedicándose a cosas agradables que se consideran secundarias o fútiles, como los juegos. ¡Pero nada más lejos de la realidad, el entretenimiento es esencial para nuestras vidas, replica la filosofía! Para Blaise Pascal, sirve para escapar de la ansiedad de nuestra condición humana, y para Roger Caillois, el juego suspende las reglas de lo real para permitirnos reencontrarnos con otras reglas e imaginar otras formas de compartir. No sirve para nada y por eso es tan útil.

Este fotomontaje forma parte de una serie de variaciones en torno a un famoso pastelito. «La magdalena —dice el autor de esta imagen— es tan reconocible que no hace falta decir nada para expresar lo que representa, lo que sugiere: cierta dulzura, calidez y ternura relacionadas con la infancia». Muchos de los participantes en la recogida «Vivir en tiempos de confinamiento» propusieron representaciones de pasatiempos reconfortantes, como la cocina, pero también de creaciones personales que, al estilo del «arte pobre» o de las «artes modestas», dan vida y vuelven a encantar el día a día al dar un nuevo uso a los objetos más sencillos, alejándolos de su función original: los miramos de otra manera, vemos de otra manera y nos vemos a nosotros mismos de otra manera con ellos. La calle ya no es la misma vista a través de una magdalena, y esa magdalena en su ventana, también somos nosotros.
Redonda, traviesa, de puntillas sobre sus pies de uva, mira por una ventana, esa frontera que nos separa del exterior, pero que también nos une a él, en una mezcla de melancolía y curiosidad. Esta ambivalencia de los umbrales, esos límites entre el interior y el exterior, se ha resaltado de muchas formas en la colección: el horizonte está delimitado, pero la mirada es más aguda; los objetos desviados de su uso habitual nos desfamiliarian, para cuestionar nuestra relación con el exterior y con nosotros mismos. Se convierten en reveladores.
La magdalena del escritor Marcel Proust ya es un clásico: es el hecho de probar un dulce lo que hace que el pasado resurja sin querer, es la emoción que provoca un objeto corriente o una sensación insignificante lo que desata «el inmenso edificio del recuerdo» y te devuelve una verdad olvidada. Al igual que la magdalena, los objetos de un museo también conservan una memoria sensible, a la vez íntima y colectiva. No revelan una verdad absoluta, pero sugieren un nuevo punto de vista, nuevas preguntas sobre la experiencia del confinamiento: el Mucem ha lanzado esta convocatoria de donaciones para que podamos observar y reflexionar juntos.
Sumérgete en la inmensidad de las colecciones del Mucem y sigue los sorprendentes temas creados por nuestros conservadores. ¡Descubrimientos y cambio de aires garantizados!







