Entre finales de junio y mediados de julio de 1831, la actividad volcánica submarina dio origen a una nueva isla en el Mediterráneo, en el canal de Sicilia, frente a Túnez. Los marineros y habitantes de las costas cercanas temían el despertar de un monstruo marino, mientras el nuevo territorio despertaba la curiosidad de los científicos y el ansia de posesión por parte de las potencias europeas en plena expansión colonial.